Anécdotas curiosas.

¿Has trabajado en el mundo de las telecomunicaciones?

Si lo has hecho sabes entonces lo que es estar trabajando en una estación de transmisión toda una noche, en medio de un paraje solitario, a la orilla de una carretera oscura o en lo alto de una montaña.

A continuación, cuatro relatos que narran varias experiencias recopiladas durante años, por personal destacado en empresas de telefonía celular. Continuar leyendo “Anécdotas curiosas.”

Los centinelas

Todo sucedió una noche de agosto del año 2017, en la que anualmente se presenta una lluvia de meteoros llamada “Perseidas”. Como vivo en la ciudad de Porlamar y allí hay mucha contaminación lumínica, decidí irme a un sitio retirado y con poca luz, así que tomé una mochila grande que uso para excursiones y la provisioné, en ella coloqué mi vaso térmico, un par de sándwiches, dos paquetitos de maní, linterna, binoculares, un suéter por si hacía frío, “sleeping bag”, cargador portátil para el celular, media botella de whisky que me quedaba y un recambio de ropa por si me provocaba bañarme en el mar. Aparte llené una cava con hielo, agua y un par de naranjas. Una vez listo, llamé a Cheo, mi taxista de confianza para que llevase. Mi destino: Playa La Pared en la península de Macanao.

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El pasillo de fuego.

Tengo un negocio donde vendo y reparo teléfonos celulares, lo atiendo personalmente de lunes a sábado y está ubicado en un viejo centro comercial de Porlamar. En los años que tengo allí nunca he observado nada extraño o fuera de lo común, más allá de los locales que han tenido que cerrar debido a la crisis, pero hasta el momento me he podido mantener a flote a fuerza de dedicación y constancia.

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En la nevera.

Ese agosto comencé a trabajar en Puerto la Cruz en una prestigiosa empresa destacada en la fabricación de químicos para la industria petrolera. Pasé la primera semana en un hotel, el cual me pagaban mientras encontraba donde vivir, y la verdad encontré rápidamente un buen apartamento hacia los lados de Lecherías. Llegué con solo mi ropa, por lo que era indispensable que fuese amoblado y conseguí una buena oferta, así que llamé al número del aviso y ese mismo día ya estaba viendo y reservando el inmueble.

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Intruso en el almacén.

Un turno más, una noche más.

Estar toda una noche observando monitores de seguridad, no es el trabajo más ameno del mundo, pero es lo que hago en el enorme almacén de una prestigiosa cadena de venta de muebles. ¿Es incomodo el empleo? No, en el fondo no lo es, una oficina con aire acondicionado, una buena y cómoda silla, microondas para calentar la comida y lo más importante: una buena cafetera para hacer espressos. ¿Momentos “intensos”? Solo dos, una vez que se activó una alarma de incendio en el ala sur que resultó ser una falla del sensor y la vez que un par de desadaptados se introdujeron en la parte trasera del almacén a fumar yerba.

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Hace tiempo que no venían.

Como todos los domingos me acosté temprano ya que mi lugar de trabajo está lejos de donde vivo, los lunes suelen ser complicados en Caracas y por ende debo madrugar, así que estuve viendo una película y pasada la medianoche apagué el TV. Vivía en un viejo apartamento en una zona populosa al oeste de la capital, estaba ubicado en el tercer piso y sobre él estaba la azotea donde solíamos colgar la ropa para que se secara al sol, allí jugaban mis hermanos durante el día. Aun siendo un área común, Marta, nuestra vecina de al lado, solía cerrar con llave el acceso a la misma antes de acostarse a dormir. Continuar leyendo “Hace tiempo que no venían.”

El rostro en la pared.

Estar dormido y despertar tras un mal sueño es una cosa muy distinta a estar despierto y vivir algo espeluznante.

Ese día me tocó trabajar y pernoctar en una posada de Isla de Coche. Era un anexo recién construido, de solo cinco habitaciones y estaba ubicado al costado de una casa común y corriente, en una calle solitaria alejada de las zonas comerciales y turísticas de la isla. Esa noche yo era el único huésped ya que suele llenarse solo los fines de semana de gente que viaja a Coche a disfrutar las bondades de sus blancas playas. Continuar leyendo “El rostro en la pared.”

Los niños en el parque

Fue un sábado de diligencias. Lo último que hice fue visitar a un amigo y llegué algo cansado a la casa de un primo en Los Naranjos, donde me estaba quedando. Tomé una ducha, cené algo ligero y me acosté. Desperté en algún momento de la noche y sentí ganas de ir al baño. Me levanté, fui y volví a la cama pero lo que me saboteó el sueño, fue el ruido que hacían unos niños en el parque del edificio. Se escuchaban risas, gritos y el típico chirrido de columpios, de la rueda y del “subibaja”. Continuar leyendo “Los niños en el parque”