La escalera

Caminaba con mi perro como ya era frecuente, en el Parque Nacional La Sierra, isla de Margarita. Circulaba de manera despreocupada por un camino entre los árboles, hasta que llegué a un punto en donde me detuve a contemplar, una ancha escalera que se perdía cuesta arriba entre los árboles. Era ancha, de piedra pulida y limpia y no muy empinada. Me extrañó honestamente, suelo caminar semanalmente por ese parque y nunca la había visto. Fue tan extraña la atracción que sentí por esa inesperada escalera que comencé a ascender por ella. Subí impulsado por la curiosidad y en un punto del ascenso, la escalera cambió radicalmente. Lucía sucia, era tan angosta que era imposible no sufrir rasguños con las ramas que brotaban de los arbustos a cada lado de la misma.

No sé qué me llevó a insistir pero seguí subiendo hasta que de repente, la escalera volvió a ensancharse. Me detuve y vi hacia los lados como los árboles hasta parecían distintos. Lo que más me impresionó fue la ausencia de cualquier tipo de ruido, un sepulcral silencio solo interrumpido por los gruñidos de mi perro a dos metros detrás de mí. Sin duda algo le perturbaba. – Ven acá Apolo – le ordené a mi obediente pastor alemán pero no quiso subir. No recuerdo cuando fue la última vez que Apolo me desobedeció antes de ese día, pero mi curiosidad me llevó a ignorar al can y a seguir subiendo. Así lo hice, llegué al final de la escalera para encontrarme que la misma ¡no llegaba a ningún lado! Finalizaba abruptamente en un espacio de si acaso tres metros cuadrados.

A la izquierda, al borde de la escalera, un árbol seco con dos tallos gruesos en forma de “V”. Por algún motivo lo asocié con un hombre cuyos brazos se alzaban hacia el cielo, cómo implorando a quien sabe quién. De resto, nada interesante ni significativo.

Pero la sensación en ese sitio era extraña. Sentí como un estremecimiento en el piso pero puedo asegurar, que no había nada cerca como para achacarle aquella vibración a una tubería de agua o a alguna carretera transitada. Y ese árbol seco con forma de “V”, tenía algo que captaba mi atención. Era único, no se parecía a los demás y me dejó paralizado hasta que los ladridos lejanos de Apolo, me hicieron reaccionar y bajar. Ni siquiera me di cuenta que mi perro se había ido escaleras abajo.

Esta experiencia habría quedado como una curiosidad sin importancia a no ser por lo que me pasó después.

Solo recuerdo que era de noche y yo subía por esa escaleras nuevamente. Los escalones parecían iluminados por la luz de la luna o esa fue la sensación que tuve. En el ambiente se escuchaba un sonido que erizaba la piel. ¿Ritmo de tambores y cantos? ¿Cómo era posible? No pare de ascender hasta llegar al final. Allí a la izquierda estaba el árbol seco con forma de “V” que había visto cuando subí de día pero está vez ¡parecía emitir una luz azulada! ¡No salía de mi asombro!

Por otro lado, la música se hizo más intensa. ¡Eran tambores! Tambores y un canto que venía de alguna zona detrás de los árboles. Pero no había nada allí, Subí de día y sabía que allí no había nada sino vegetación.

Buscaba afanosamente el origen de eso que creí la música de algún ritual, cuando de la nada apareció delante de mí un ser extraño. Era pálido, muy delgado, con cabellos largos y con la mirada más negra que la misma noche. Estiró su mano y sentí que caía por un agujero. Grité intentando sujetarme y no seguir cayendo por lo que creí un abismo negro y profundo. Sentí como tres estallidos cual cañonazos y de la nada me vi sentando en mi cama. Apolo golpeaba mi puerta, queriendo entrar mientras yo intentaba entender. Esto había sido muy real. Vi el reloj, eran las 3:12 am.

Esa misma semana fui a caminar al parque, la curiosidad me hizo dirigirme a la escalera y para mi asombro, estaba sucia y casi que tapada por matorrales de todo tipo.

¿Cómo era posible?

¡Habían pasado dos días!

Desde ese día la sigo viendo. Sucia, obstruida e intransitable.

Vale decir que Apolo mantiene la distancia cada vez que me acerco a ella.

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