La mujer de bronce

El primer recuerdo que me viene del evento aquel, es que estaba parado en la acera de una calle poco transitada. Observaba una lejana lluvia encima de un mar bastante sombrío. No sé qué hora sería porque el cielo era engañoso. Por momentos pensé que era de noche, pero luego noté que la luz del sol, se colaba por un grupo de hendiduras entre las grises y densas nubes que cubrían el firmamento.

Repentinamente apareció un vehículo que me pareció de los años 70. Si no me equivoco era un Dodge Dart color rojo, algo destartalado. Me subí sin preguntar nada, sin saber qué rumbo llevaba. Solo sé que anduvimos por la solitaria calle hasta llegar a una especie de distribuidor en donde miré a varias personas con extraños uniformes, haciendo fila a un costado de la vía. No sé en qué momento me moví de allí pero lo cierto es que de manera repentina, ya no estaba en el distribuidor sino en un pasillo con varias puertas. Pero no estaba solo.

Elizabeth, una conocida de la universidad, estaba allí conmigo. Le pregunté que dónde estábamos y ella no dijo nada, solo me dijo que la siguiera pero era curioso. Más que caminar, ¡dábamos como saltos! Me explico, estaba en un sitio y de forma instantánea, estábamos unos metros más allá. Cuando estábamos parados en frente de una de las puertas, le hice una pregunta.

– ¿No notas algo raro en esto? – Ella me ignoró, abrí la puerta pero de repente ya estábamos adentro con la puerta cerrada.

– ¿Viste eso? – pregunté entre emocionado y algo asustado. Ella se hizo la loca nuevamente y se dirigió a un clóset, dándome la espalda. Allí me detuve en seco, me le quedé mirando y le hice otra pregunta

– ¿No eres Elizabeth verdad?

Ella se volteó y lo que pasó me dejó helado. Empezó a convertirse, su piel comenzó a tornarse como color bronce, sus ojos brillaban y no tenía ya cabello.

– Tienes razón, no soy ella – tocó mi cara y desperté en mi cama viendo hacia el clóset de mi habitación. Allí caí en cuenta que lo que pasó, sea lo que haya sido, fue en mi propia habitación.

– ¿Te pasa algo? – preguntó mi esposa. – Nada – le dije.

– Estabas como alterado. ¿Una pesadilla?

– Nada dije nuevamente.

Era de madrugada aún.

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