Hace tiempo que no venían.

Como todos los domingos me acosté temprano ya que mi lugar de trabajo está lejos de donde vivo, los lunes suelen ser complicados en Caracas y por ende debo madrugar, así que estuve viendo una película y pasada la medianoche apagué el TV. Vivía en un viejo apartamento en una zona populosa al oeste de la capital, estaba ubicado en el tercer piso y sobre él estaba la azotea donde solíamos colgar la ropa para que se secara al sol, allí jugaban mis hermanos durante el día. Aun siendo un área común, Marta, nuestra vecina de al lado, solía cerrar con llave el acceso a la misma antes de acostarse a dormir.

Me desperté durante la madrugada con algo de frío, me coloqué boca abajo y ya me acomodaba la cobija cuando creí escuchar pasos en el techo, cómo si alguien corría en la azotea de una pared hacia la otra. Levanté la cabeza y puse más atención. No había duda, alguien corría en la azotea de un lado a otro, por el sonido presumí eran dos o tres personas. Juraría haber escuchado risas infantiles, pero me deshice de la idea. ¿Qué niños podrían estar corriendo en la azotea a las 3:35 de la madrugada? No hay niños pequeños en el edificio. Algo no encajaba, sentí un gran susto cuando de repente sonó mi celular. Lo tomé y vi que era Marta.

– ¿Estás oyendo Isabel? – me dijo ella casi que susurrando al teléfono.

– No tengo idea de quienes están allá arriba. ¿Tú cerraste la reja? – pregunté.

– ¡Claro! Siempre lo hago – me respondió.

Al unísono las dos ahogamos un grito al escuchar una nueva andanada de pasos y risas arriba de nosotros. El techo se estremeció.

– ¡Vamos a subir mana! – me dijo Marta muy asustada.

La verdad es que lo pensé. ¿Y si eran unos ladrones? Pero por otro lado ¿Qué ladrones llaman la atención de esa manera? ¿Y los niños? Pues me armé de valor y acepté subir con ella.

Nos encontramos en el pasillo y con la adrenalina avanzando aceleradamente por nuestras venas, comenzamos a subir las escaleras.

– ¿Por qué no despertamos a algún hombre? – me preguntó Marta luego de detenerse súbitamente.

La convencí de seguir subiendo y si veíamos algo anormal, corriéramos escaleras abajo. Total, la reja se veía bien cerrada.

Seguimos nuestro ascenso, no se escuchaba nada, comenzamos a tomar confianza hasta que algo nos detuvo en seco: una sombra en la escalera. Marta me apretó el brazo. Sin dudas alguien se había interpuesto entre la luz que pasaba a través de la reja de la azotea y la escalera. Ella arrancó escaleras abajo, yo solo me detuve hasta que un desgarrador alarido se dejó oír y algo o alguien muy pequeño, comenzó a golpear la reja mientras gruñía. Solo sé que corrí despavorida.

– ¿Qué vaina es esta marica? – me dijo Marta con voz temblorosa.

– ¡Ni idea amiga, ni idea! – respondí casi que llorando.

Fue tal el escándalo que hicimos bajando las escaleras que se levantaron mi padre, mis hermanos y hasta mi madre. Luego, mi padre llamó a otro vecino, ambos subieron con un arma. Estábamos abajo expectantes de lo que pasaba. No se imaginan lo que sentí cuando ellos solo dijeron “¡Allí no hay nadie!” Sentí vergüenza con los vecinos y mi viejo. Ellos solo se reían de nosotras. “Algún gato” dijo uno de ellos. Al final todo el mundo se fue a su casa. Marta me miró llena de miedo. Sabíamos lo que habíamos visto y sobre todo, oído.

Me fui a la cama y me senté, total, ya era casi la hora de prepararme para ir a trabajar. Pero pude escuchar lo que le dijo mi madre a mi padre, luego de apagar la luz de su habitación.

– Hace tiempo que no venían…

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