En la nevera.

Ese agosto comencé a trabajar en Puerto la Cruz en una prestigiosa empresa destacada en la fabricación de químicos para la industria petrolera. Pasé la primera semana en un hotel, el cual me pagaban mientras encontraba donde vivir, y la verdad encontré rápidamente un buen apartamento hacia los lados de Lecherías. Llegué con solo mi ropa, por lo que era indispensable que fuese amoblado y conseguí una buena oferta, así que llamé al número del aviso y ese mismo día ya estaba viendo y reservando el inmueble.

El apartamento constaba con solo una habitación y estaba ubicado en un edificio que tendría al menos unos cinco años de construido. Lo encontré a través del periódico “El tiempo”, y la verdad es que me enamoré apenas entré dada la paz que se respiraba en él. La sala comedor contaba con un sofá, una mesa para cuatro personas y lo mejor era la vista hacia la bahía de pozuelos. La única habitación tenía una cama tipo matrimonial que lucía muy cómoda y estaba prácticamente nueva. Además tenía calentador de agua y aire acondicionado en cada ambiente. La cocina formaba parte de la sala y estaba separada del resto por un mesón de madera laminada. Una estufa de gas de dos hornillas, varios gabinetes y una nevera negra de doble puerta, completaban el mobiliario básico.

Pero lo que más me impresionó era el precio del alquiler: bajo para la zona, muy bajo y apenas un mes de depósito. Sin dudas que tenía que aprovechar esa oferta, Lecherías era un lugar especial y hermoso, vivir allí sin dudas superaba mis expectativas.

Me dieron un día de permiso para mudarme del hotel. Solo poseía dos maletas con ropa y zapatos, así que mudarme fue sumamente rápido. El resto del día lo usé para hacer las compras del mercado. Me estacioné en el puesto asignado, descargué las bolsas de comida y me dirigí al ascensor. Mientras esperaba sentí una mirada penetrante encima de mí y al voltear, vi que era el vigilante del edificio. Lo saludé y este me devolvió el saludo. Supuse que ya sabía que era el nuevo inquilino del apartamento 9. Una vez arriba procedí a guardar las compras y fue allí que noté algo que no encajaba. Al abrir el refrigerador, lo primero que me percaté es que estaba sucio por dentro y que en la parte inferior había una pieza de madera. Cuando lo tomé resultó ser un caballo. No estaba pintado y parecía viejo. Lo puse en el mesón, limpié la tierra que ensuciaba el refrigerador y guardé un par de bandejas de pollo y una pequeña bolsa de hielo. Luego de eso, no hice mayor cosa y me fui a dormir. Tenía tanto sueño que cuando abrí los ojos, ya era hora de levantarse. Me fui a mi trabajo y llegué temprano. No podía estar comiendo en la calle así que me fui a casa directo para preparar mi almuerzo. Luego de una buena ducha, me dispuse a cocinar. Al abrir el refrigerador noté que estaba sucio de nuevo y las bandejas de pollo estaban en la parte inferior. Debí preguntarme que pasó pero no le di importancia. Cociné, cené, guardé el almuerzo del día siguiente, una ducha y a la cama. Esa noche sin dudas no fue como la primera.

Simplemente abrí los ojos con la mirada puesta en el techo. Levanté la cabeza y vi hacia la ventana. Aún era de noche así que tomé mi celular para ver la hora y este marcaba las 3:03 am. El frío estaba sabroso así que me acomodé para seguir el sueño pero un ruido en la sala me hizo levantar la cabeza. No soy persona que anda pensando en tonterías ante cualquier ruido pero estaba convencido de que lo que sonó fue la puerta de la nevera. Esperé unos diez segundos y me convencí de que fue en el apartamento de al lado. Amaneció y me preparé para irme a trabajar. Me hice un sándwich y me serví un vaso de jugo, pero como lo dejé fuera de la nevera, abrí el refrigerador para sacar hielo y allí fui sorprendido: en el fondo del mismo había otro objeto de madera. Lo tomé y me pareció que era una especie de toro tallado en madera. Mi mente siempre busca explicaciones racionales así que me convencí de que probablemente estaba metido en el fabricador de hielo, que había puesto a funcionar el día anterior y que ese juguete seguramente estaría adentro del mismo, al girar la bandeja para soltar el hielo, cayó la figura. Me giré y lo fui a poner en el mesón junto al otro y me di cuenta que el caballo no estaba. No recuerdo haberlo echado a la basura pero no le di importancia al asunto. Tomé el toro o lo que sea y lo eché en la bolsa de desperdicios

Ese día estuvo complicado en la empresa y llegué ya de noche a casa. Tomé una ducha, cené y me fui a la cama. No tendí la cama en la mañana por lo que simplemente me acosté y me eché la cobija encima, en una de esas vueltas me moví y sentí que algo se me clavó en una costilla, metí la mano y agarré algo que supuse era el control remoto del televisor pero cuando lo saqué y lo vi confieso que sentí un frío en el estómago: era el caballo de madera. Simplemente, me paré y lo metí en la misma bolsa de basura donde ya estaba la otra figura y de una vez lo lancé por el bajante de desperdicios del edificio. Seguramente estaba tan cansado la noche anterior que no recordaba haberlo tomado y llevado a la cama. Luego de eso me fui a dormir con la convicción de que era el fin del asunto. Obviamente me equivoqué. Debí preguntar porque un apartamento como ese estaba solo a pesar del precio. Me tocó descubrirlo por mí propia cuenta.

Recuerdo que abrí los ojos y aún estaba oscuro, los volví a cerrar para retomar el sueño pero el sonido de alguien corriendo en la sala me hizo sentarme de golpe y mirar hacia la puerta. Nuevamente sentí un extraño sonido, como que alguien escarbara en unas bolsas y lo primero que me vino a la mente fue que había ratones en el apartamento así que me levanté pero apenas di dos pasos, el ruido cesó por un par de segundos, inmediatamente después me pareció que alguien corría y luego sonó un portazo. Me detuve en seco, corrí hacia la pared y encendí la luz de la habitación. Me asomé a la sala y no vi nada pero estaba seguro que lo que sonó fue la puerta de la nevera. Encendí todas las luces y vi que la bolsa de pan estaba abierta, me acerqué lentamente y la cerré, miré la nevera, me puse en frente de ella y abrí ambas puertas. Ambos lados tienen luz pero la del lado izquierdo no encendió y me pareció sentir un olor pestilente salir de ella. Revisé pero no había nada anormal y la verdad no entendía la situación. Me fui a dormir pero algo comenzaba a no gustarme, me acosté y vi la hora, eran las 3:16 de la madrugada. Me quedé viendo el techo un rato y nuevamente sentí que la nevera se abría, me quedé paralizado y el corazón se me aceleró, miré hacia la sala fijamente hasta que observé un celaje que pasaba desde la cocina hacia la sala. Comencé a escuchar unos gruñidos o eso me pareció que era, se me heló la sangre cuando vi que nuevamente algo pasó hacia la cocina. Yo que no soy creyente comencé a rezar porque sin dudas había una presencia fuera de lo normal en ese apartamento. Casi me orino encima cuando una serie de ruidos empezaron a escucharse, era como si se caían las cosas de la cocina, estaba aterrado. Me levanté y cerré la puerta de la habitación, encendí la luz y comencé a caminar de un lado a otro sin saber qué hacer, de repente alguien intentaba abrir la puerta de la habitación.

– ¡Atio! ¡Atio! ¡Atio! – se escuchaba decir en la sala una voz siniestra.

– ¡Largate! – grité yo totalmente colapsado por el miedo.

– ¡Atio! ¡Atio! – se escuchaba de nuevo y cada grito estaba acompañado de golpes en la puerta.

La extraña criatura comenzó enloquecida a arrojar todo, parecía el tipico niño malcriado en medio de un berrinche cuando una madre no le da lo que quiere. Yo solo quería que se fuera para luego irme yo. Fue en ese instante que recordé los juguetes que eché a la basura.

– ¡Basta! Si te refieres a los objetos de madera ya los traigo. Aún deben estar abajo -grité en medio de un ataque de pánico.

– ¡Solo déjame ir por ellos por favor! -dije casi que llorando.

El ruido cesó, de repente todo volvió a calma. Esperé a calmarme un poco, respiré profundamente, tomé las llaves del apartamento y abrí la puerta. Un intenso mal olor se sentía en el ambiente. La sala estaba desordenada, todo estaba tirado en el piso, miré hacia la cocina y vi con total y absoluto horror como la puerta del refrigerador se cerraba. Casi caigo de espaldas, estaba imposibilitado de dar un paso del miedo que sentía. Un nuevo ruido en la nevera lo sentí como una daga en el pecho. Me armé de valor y corrí hasta la puerta, bajé y fui al basurero. Estaba cerrado por lo que busqué al vigilante y le dije que necesitaba buscar algo que por accidente boté.

– ¿A esta hora? Son casi las cuatro – me dijo sorprendido.

Logré convencerlo y comencé a hurgar en el pipote, en medio de todo tipo de basura hasta que identifiqué la bolsa. La abrí y saqué las dos figuras de madera, boté el resto de la basura de la bolsa y las metí allí.

– ¡Listo! – le dije al vigilante.Este me vio con desdén.

Subí y al entrar sentí pánico de nuevo, puse los dos juguetes en el mesón y me encerré en la habitación. Comencé a rezar e inmediatamente metí mi ropa en las maletas. No pensaba quedarme un minuto más allí así tuviese que gastar todo mi dinero en hoteles. Metía los últimos pantalones cuando sentí el golpe de la puerta de la nevera. Sudé frío y vi que ya estaba por amanecer.

Cuando salió el sol salí de la habitación y comencé a llorar al ver que no estaban los juguetes en el mesón.

Ni siquiera recogí la comida, solo la ropa y me largué. Una vez abajo llamé a la administradora que me alquiló y le dije que me iba. Debió extrañarme que no me preguntara porque me iba pero en el momento no pensé en eso.

Cuando metía las maletas en el carro el vigilante me observaba risueño. Le miré y no me aguanté.

– ¿De qué te ríes tú? – pregunté mal humorado. El tipo solo se rió más.

– ¡Usted es el que menos ha durado! – me dijo de una forma que me pareció hasta una burla pero no estaba dispuesto a quedarme a preguntar.

Me fui y más nunca me acerqué por esa zona, de hecho me mudé a Puerto la Cruz.

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