El pasillo de fuego.

Tengo un negocio donde vendo y reparo teléfonos celulares, lo atiendo personalmente de lunes a sábado y está ubicado en un viejo centro comercial de Porlamar. En los años que tengo allí nunca he observado nada extraño o fuera de lo común, más allá de los locales que han tenido que cerrar debido a la crisis, pero hasta el momento me he podido mantener a flote a fuerza de dedicación y constancia.

Ese día en particular se había dañado el aire acondicionado de mi casa y el técnico solo podría ir a revisarlo al día siguiente, y opté por llevarme un colchón inflable y lo necesario para dormir en el local, ya que allí hay aire acondicionado y la verdad es que prefería pasar una noche en mi negocio que soportar el calor agobiante de agosto en Margarita. Total, vivo solo así que nadie me extrañaría en casa.

El centro comercial cierra al público a las 9:00 de la noche, aunque yo cierro el negocio a las 6:00 de la tarde. En el piso superior, aparte de varios negocios –dentro de los cuales está el mío- existen una academia de idiomas y una escuela de cocina que trabajan hasta la hora de cierre del centro comercial, así que decidí mantener el local abierto hasta el final de la jornada de clausura. Cuando salió la gente de la academia de idiomas y la escuela de cocina, apagaron una buena parte de las luces y cerraron las puertas de acceso en la planta baja. En una de ellas siempre se sienta un vigilante como hasta las 12:00 am y luego cierra por completo para echarse en un cubículo hasta las 5:00 de la mañana.

A eso de las 10:00 de la noche salí a comprar una hamburguesa en uno de los varios carros de comida que hay en la calle y que trabajan toda la noche. Regresé al local, inflé el colchón y estuve viendo vídeos de Youtube en mi celular allí acostado hasta que el sueño me venció.

Repentinamente me desperté porque sentí que tocaban la puerta del local. Creí escuchar el inconfundible sonido de alguien golpeando el vidrio con el nudillo de un dedo. ¿Un sueño? me pregunté pero nuevamente sonaron dos golpes en el vidrio. No tenía vista de la puerta porque entre ella y el colchón donde dormía estaba el mostrador principal de la tienda así que miré a la pared y vi la sombra de una persona proyectada por la luz del pasillo.

¿Qué carajo? – me dije sorprendido pero asumí que era el vigilante para pedirme algo o en el peor de los casos, algún delincuente al que le dijeron que yo estaba allí. Me puse de rodillas y asomé la cabeza por encima del estante pero para mí sorpresa, no había nadie. No me iba a quedar con esa incógnita, así que me levanté, me calcé mis zapatos y abrí la puerta. Miré hacia ambos lados y no vi nada, pero noté un frío extraño y honestamente algo siniestro, que venía del fondo del pasillo.

No le di importancia al asunto, así que me encerré nuevamente y me envolví en la cobija que llevé, vi que eran las 3:19 de la mañana y que me quedaban a lo sumo unas tres horas para dormir, pero apenas cerré los ojos, volvieron a tocar la puerta pero esta vez con más violencia. Me levanté rápidamente – ¡¿Quién es?! – grité, con la misma prisa salí, pero al asomarme nuevamente observé que no había nadie.

No les voy a negar, comencé a asustarme, así que pegué el rostro contra el vidrio de la puerta, miré hacia todos lados y corroboré que no había nadie, así que decidí abrirla y salir. Afiné el oído a ver si captaba algún sonido y me pareció escuchar música hacia el final del pasillo. Allí había una puerta ancha de vidrio, cubierta con papel negro que en los años que yo tenía allí, jamás he visto abierta. Solo sabía que era la entrada de un bar que funcionó allí a finales de los años 90 y que fue clausurado luego de un incendio que dejó varios fallecidos.

Decidí caminar asumiendo que la música venía de alguno de los negocios del piso, seguramente algún dueño aprovechaba la noche para reformar su local pero nada, todos estaban cerrados. Anduve sigilosamente hasta que llegué a unos tres metros de la puerta negra y juraría que la música salía de allí. ¿Pero cómo? Ese sitio desde que se incendió estaba clausurado y hasta donde yo sabía, ni siquiera habían sacado los escombros calcinados de lo que se quemó. Saqué valor y acerqué mi oído a la puerta y sentí unos susurros mezclados con música. Estaba paralizado intentando determinar que era realmente lo que escuchaba cuando un ruido parecido a una “rueda metálica” me sorprendió. Me di vuelta temiendo que algún ladrón me hubiese sorprendido allí, sin ningún lugar hacia donde correr pero me percaté que el sonido provenía de una lata de cerveza vacía y totalmente quemada que rodaba hacia mí por todo el medio del pasillo hasta que se estrelló contra uno de mis zapatos.

Le di una patada que la envió al otro extremo del pasillo, justo frente a la puerta de la academia de idiomas. Eché a correr hacia mi negocio pero sentía que las piernas se me ponían muy pesadas. Entré en pánico y me esforcé todo lo que pude para llegar a mi local, abrí la puerta y entré, cerré con llave y me lancé en el colchón, me tapé hasta arriba, no había terminado de asimilar lo sucedido cuando empezaron a tocar la puerta, pero esta vez no era el sutil toque de un nudillo sino golpes que creí que partirían el vidrio.

– ¡¿Quién es?! – grité muerto de miedo.

– ¡Ayúdame! ¡Ayúdame por favor! – me respondió la voz de una mujer.

Apenas escuché la voz comenzó a oler a quemado, escuché gente corriendo, golpes, gritos, gente llorando. Destapé mi cabeza y vi en la pared el reflejo de gente corriendo con gestos de desesperación, me volví a cubrir la cabeza y cerré los ojos. Golpeaban tan fuerte la puerta del local que juraba que los vidrios iban a estallar. El momento más espeluznante fue cuando comencé a sentir olor a carne quemada.

Repentinamente comencé a escuchar alaridos aterradores de dolor, venían de todos lados, brotaban de las paredes al igual que el olor. Pensé que me vomitaría allí mismo. Los golpes en la puerta se hicieron más intensos.

– ¡Abre! ¡Abre! ¡Por dios! ¡Me quemo! ¡Auxilio! – gritaba esa voz femenina con absoluto terror y sufrimiento.

En un segundo ya no eran suplicas, todo se volvió una vorágine de gritos pavorosos y un llanto que aún puedo escuchar en mi mente. En un momento decidí abrir los ojos y pude ver un resplandor de llamas que danzaba en la tela de mi cobija. Empecé a sentir calor que sumado a los gritos y el olor a quemado, me llevaron a querer huir de allí pero no podía mover mi cuerpo, estaba paralizado. Me esforcé todo lo que pude, tenía que escapar de allí o moriría calcinado o asfixiado. Solo recuerdo haber gritado con toda la fuerza de mi alma hasta que de repente pude sentarme. Miré hacia todos lados y no sucedía nada. Todo estaba en el más absoluto silencio. Había sido una pesadilla. La más horrorosa de todas.

Estuve sentado con las luces encendidas hasta las 5:30 am, que fue cuando decidí que era hora de irme a casa a ducharme, comer algo, cambiarme y retornar a mis labores. Aún estaba alterado por la supuesta pesadilla. Abrí la puerta con calma y salí. Miré hacia todos lados mientras cerraba el local y vi algo que lo cambió todo y que me hizo no volver a quedarme nunca más una noche allí.

A mi izquierda, justo en frente de la puerta de la academia de idiomas, estaba la lata de cerveza, quemada y deforme de tantas pisadas que pasaron por sobre ella.

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