Los centinelas

Todo sucedió una noche de agosto del año 2017, en la que anualmente se presenta una lluvia de meteoros llamada “Perseidas”. Como vivo en la ciudad de Porlamar y allí hay mucha contaminación lumínica, decidí irme a un sitio retirado y con poca luz, así que tomé una mochila grande que uso para excursiones y la provisioné, en ella coloqué mi vaso térmico, un par de sándwiches, dos paquetitos de maní, linterna, binoculares, un suéter por si hacía frío, “sleeping bag”, cargador portátil para el celular, media botella de whisky que me quedaba y un recambio de ropa por si me provocaba bañarme en el mar. Aparte llené una cava con hielo, agua y un par de naranjas. Una vez listo, llamé a Cheo, mi taxista de confianza para que llevase. Mi destino: Playa La Pared en la península de Macanao.

El viaje fue rápido, una vez que superamos Villa Rosa, ya en la ruta, Cheo me preguntaba si estaba seguro de quedarme solo en ese lugar, le dije que no tenía dudas y que allí no llegaba la delincuencia. Lo que si le dejé claro es que al día siguiente debía buscarme a las 6:00 de la mañana.

La noche era tremendamente oscura, no había luna y la ausencia de nubes donde reflejarse la luz, presagiaba una noche perfecta para ver meteoros. Ya cerca de la entrada, le hice la correspondiente seña a Cheo.

– Por la próxima a la derecha. – le dije, pero íbamos muy rápido y nos pasamos.

Iba a dar la vuelta pero recordé que más adelante había un restaurante, o eso pensé yo, y le dije que cruzara en la próxima entrada. Así lo hizo, avanzamos y llegamos a una casa bastante grande pero para mi sorpresa, estaba en total oscuridad y se veía abandonada.

– ¿Estás seguro de quedarte aquí mi pana? – me preguntó Cheo mientras intentaba ver alguna señal de vida.

– ¡Tranquilo pana! – aquí lo único que me puede pasar es que me salga un “muerto” – le dije riéndome.

Quién se lo imaginaría…

Me bajé del carro, no sin antes decirle a Cheo que nos veíamos al día siguiente en ese mismo sitio. Busqué algún camino hacia la playa y recordé haber visto en mis anteriores visitas a ese sitio, que hay una escalera que baja por el acantilado hacia el mar. Me quedé allí parado hasta que Cheo se fue, dejándome en total oscuridad. La única luz provenía del pueblo La Pared ubicado a unos mil metros y emanaba de las pocas casas con electricidad y unos cuantos postes con luz.

Para llegar a donde creía estaba la escalera tenía que pasar por un costado de la casona que sin dudas parecía estar sola. Encendí la linterna y la bordeé por el costado derecho y atravesé parte de las áreas comunes. Pude ver que las ventanas estaban cerradas y no había luz en su interior. Alumbré con la linterna mi camino y me erizó la piel escuchar el silbido del viento chocar contra la casa, caminé intentando no hacer ruido por si había un vigilante, hasta que sentí que alguien me miraba, me detuve y dirigí la linterna rápidamente hacia un pasillo oscuro que se adentraba por un costado de la casa. Mi corazón se aceleró, literalmente sentí una descarga eléctrica en lo más profundo de mi abdomen cuando vi una figura humana observándome junto a la entrada de ese pasillo.

– ¡Mierda! – dije mientras daba un brinco hacia atrás.

Esperé unos segundos hasta que mis pupilas se adaptaron y me percaté de que era una especie de maniquí o espanta pájaros. Estaba vestido con un pantalón claro y una camisa de igual color. Su rostro era marrón y los ojos daban la impresión de ser dos botones grandes y el cabello parecía hecho de paja. Su boca era una simple línea negra sonriente pero se me pareció muy siniestra. Los brazos se movían al ritmo del viento, dándole a todo el conjunto un aspecto bastante grotesco. Una vez que pasé el susto seguí andando hacia el mar y pude notar que había varios espantapájaros o muñecos de trapo de tamaño natural ubicados en la parte exterior de la casa. Ya cerca de la escalera, observé como cinco más que miraban hacia el mar y el aspecto de los dos que estaban a cada lado de la escalera que lleva a la playa, me helaron la sangre. Uno ellos no tenía cabeza humana sino la de un delfín y estaba bastante sucia. La otra estaba hecha de lona marrón y los ojos eran dos hoyos profundamente negros y sin boca. Tenía puesto un gorro oscuro y la mano derecha estaba amarrada a una soga que a su vez sujetaba una pequeña campana. Sin dudas la idea era que con el viento la campana se moviera y sonara, aunque a pesar de la fuerte brisa, esta estaba inmóvil. Me acerqué y moví la campana y efectivamente sonaba, miré la cabeza de trapo y tuve una sensación extraña al observar los vacíos que simulaban los ojos. Me vi tentado a tomarle una foto con mi teléfono celular, cuando el sonido inconfundible de una puerta que se cerró con sutileza me puso en alerta. Alumbré con la linterna hacia la casa y todo estaba igual: Unas mesas mugrientas, unos sofás de madera cubiertos de polvo, unas ventanas cerradas y sucias, varios adornos extraños que no pude reconocer y varios muñecos de trapo que parecían vigilantes, era todo lo que había. Algo me dijo que me fuera de allí y comencé a bajar hasta llegar a la playa. Me instalé a mitad de camino entre el mar y el acantilado. Me acosté en el sleeping bag viendo hacia el cielo. Al rato estaba enfocado a lo que fui y entre tragos, maní y sándwiches, esperé la hora del evento que era después de la medianoche.

Pasadas las 12:00 de la noche comenzó el espectáculo de Las Perseidas y estaba emocionado porque fue mucho mejor de lo que me esperaba. El momento de máxima actividad fue cerca de las 2 de la madrugada y a excepción de las luces de unas lanchas de pesca en el mar, todo fue extremadamente tranquilo. Pero a partir de las 3 de la madrugada las cosas cambiaron.

Estaba de lo más entretenido viendo las estrellas fugaces cuando noté que el cielo comenzó a cubrirse de nubes, en diez minutos toda la zona sur de la playa quedó cubierta y comenzó a relampaguear. Mi molestia no era normal, no estaba preparado para una noche lluviosa, Pensé en subir a la casa pero no me pareció buena idea así que metí todo en la mochila, me envolví en mi bolsa de dormir, me puse una gorra y esperé a ver si aumentaba la amenaza de la lluvia.

No llegó a caer agua, pero los nubarrones cubrieron toda el área y la actividad eléctrica aumentó hacia el lado sur de la playa hacia el acantilado. Comencé a sentir cierta incomodidad con la casa, por algún motivo no dejaba de ver las siluetas de aquellos monigotes, que cual centinelas, parecían montar guardia en dirección a la playa. Con cada destello de luz de los rayos, las imágenes de aquellos hombres de trapo, parecían verse más intimidantes. Repentinamente la brisa aumentó, por lo que cerré los ojos para evitar entrara arena en ellos, pero no duraron mucho tiempo cerrados: la campana de la casa solitaria comenzó a sonar.

Abrí los ojos y miré hacia la escalera. Me pareció curioso que repentinamente la campana sonara, por lo que asumí que alguien estaba allá arriba y la hizo tañer, quizás como hice yo cuando llegue para ver si servía. Un nuevo rayo y pude ver allí solo las siluetas de aquellos extraños seres de lona y ropas pintorescas. De repente sentí algo que se movía por el rabillo de mi ojo, con cautela moví la mirada y vi con horror que un peñero sin luces llegaba a la orilla. El clímax de mi tensión llegó cuando vi que una persona se bajaba y caminaba hacia mí. Lucía alta, muy delgada y vestía de harapos blancos, las mangas de su camisón eran más largas que sus brazos y parecía tener una capucha. Eso es lo que pude detallar entre relámpago y relámpago. Sentí que caminó arrastrando los pies hasta que se situó como a unos cuatro metros de donde yo estaba. El terror que sentía me hizo querer saludarlo pero cuando estaba por levantar mi mano, continuó su camino hacia la escalera.

¿Narcotraficantes? – me pregunté.

No, me hubiese matado – me respondí yo mismo.

El extraño ser comenzó a subir las escaleras hasta llegar a la casa.

Me dejé de pendejadas y salí de mi bolsa de dormir y corrí hacia el mar. Me metí hasta dejar la cabeza afuera nada más teniendo cuidado de no adentrarme hacia aguas más profundas. El verdadero momento de horror fue cuando ante un nuevo y prolongado relámpago, noté que los monigotes no estaban en su sitio. Esperé uno, dos, tres y hasta cuatro relámpagos más y efectivamente no estaba ninguno en su sitio.

¿Los quitó? ¿Es el dueño de la casa y los deja afuera para intimidar a los curiosos? ¿Estoy en medio de una pesadilla? Me hacía esas preguntas cuando vi que el larguirucho comenzó a bajar acompañado de alguien más. Me sumergí nuevamente dejando solo la cabeza fuera del agua. Los dos seres caminaron hasta la orilla, uno de ellos subió al peñero, el otro se quedó en la orilla. No sé cómo explicarlo pero estaba seguro que me miraban y hasta que hablaban de mí. Quizás eran mis nervios pero lo cierto es que el peñero partió rápidamente, movido por un motor completamente inaudible. Miraba él peñero alejarse cuando un relámpago bien intenso me hizo percatarme de algo aterrador: a pocos metros de donde yo estaba, justo en la orilla estaba el otro ser mirándome.

Solo atiné a sumergirme y dejar si acaso los ojos. Estaba que se me salían las lágrimas. No soy religioso pero comencé a rezar. Pensaba que me asesinarían, que me había metido en lo que no debía, pero comenzó a alejarse en dirección a mi bolsa de dormir. Un relámpago me permitió ver que el sujeto se paró allí unos segundos, pareció agacharse y luego siguió hacia a la escalera, la que comenzó a subir pausadamente. A duras penas podía distinguirlo hasta que un nuevo relámpago me hizo notar que ya no estaba en la escalera. Lo que me impresionó fue ver nuevamente a los pasmarotes esos en sus lugares.

No salí del agua hasta que amaneció. Tenía la piel de los dedos extremadamente arrugada y tenía la boca seca. Me dirigí hacia mi bolsa de dormir y estaba todo menos mi gorra. No recordaba habérmela quitado así que supuse que terminó en el mar.

A las 6:13 am según mi reloj, llegó Cheo. Me dijo vía mensaje de texto que estaba justo donde me dejó. Quise llamarlo para decirle que me recogiera por la entrada principal, la misma que nos pasamos de largo la noche anterior, pero el teléfono no enviaba el mensaje. En esa playa hay muy mala cobertura de señal telefónica. Así que muy a mi pesar subí por la escalera. Arriba me esperaban los dos muñecos de tela. Sentí un frío en el estómago al ver que uno de ellos no miraba en dirección del mar, sino hacia donde estaba el otro, hacia el que tenía cara de delfín. La corneta del carro de Cheo me hizo salir de la especie de hipnosis en la que caí recordando los eventos de la madrugada y que me hicieron sentir un pavor como nunca antes había sentido, pero aún me faltaba ver algo que haría que jamás olvidara ese día:

El monigote del pasillo, el primero que vi cuando llegué, tenía mi gorra puesta.

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