La visita de Don Saulo

Siempre he escuchado que las 3:00 de la madrugada es la hora de los muertos o de los brujos. El momento donde supuestamente el más allá se conecta con este plano existencial, en la que predominan los avistamientos de fantasmas y cosas extrañas e inexplicables. Honestamente nunca había creído en esas tonterías.

Hasta que el momento llegó…
Ese fin de semana me correspondió viajar a Higuerote para un evento social, específicamente al matrimonio de una compañera de trabajo. Fui sola y como no disponía de mucho dinero para alojarme en un buen hotel, decidí alquilar una habitación en una posada que vi en internet. Luego de colocar las coordenadas en el GPS, salí desde Caracas a media tarde para descansar un poco antes de ir al evento. Era la casa de una señora y estaba ubicada en un pequeño poblado cercano, en la vía entre Carenero y Buche. Ya en el sitio, note que era una vivienda realmente soberbia y muy hermosa, tanto que no encajaba para nada con la miseria que la rodeaba.

Me estacioné y bajé del carro. Nuevamente me sentí maravillada con semejante vivienda en medio de tanto matorral, dada la inseguridad de mi país, me pareció extraño que no hubiese una cerca o un muro alrededor de tan majestuosa casa. Tomé mi pequeña maleta, tome rumbo hacia la puerta y a mitad de camino vi a una mujer agachada en medio de unos arbustos. Al parecer los estaba podando.

Me hice la loca pero la mujer era realmente grotesca. Sus ojos eran profundos y negros, sus ojeras eran muy grandes y acentuadas. Era muy delgada y mal vestida. Cuando la saludé me devolvió una sonrisa siniestra y hasta perversa, así que solo continué caminando, pero las sorpresas continuaron unos pasos más adelante, estaban allí dos niños que nunca olvidaré; sus miradas lucían perdidas, sus bocas estaban abiertas y asomaban sus lenguas, más oscura de lo normal, babeaban un poco y sus rostros parecían secos e inertes. Estaban parados uno al lado del otro y cada uno tenía un brazo por sobre los hombros del otro. Me impresionaron de tal manera que me volteé hacia la mujer.

– ¿Puedes llamar a la encargada? – le dije. Esta me miró fijamente, se levantó y caminó hacia la casa. Su andar era errático y atropellado. No dijo una sola palabra.

No pude evitar mirar de nuevo a los chicos, no dejaban de mirarme con los ojos más atemorizantes que he visto en cualquier infante.

– ¡Hola! ¿Viven acá? – pregunté solo para bajar un poco el tono al ambiente.

Uno de los niños comenzó a respirar aceleradamente y sus ojos a moverse de manera inusual. Creo que me hubiese largado sino es porque inmediatamente apareció la dueña de la posada y me saludó.

– ¡Usted debe ser Gabriela! ¡Bienvenida! Me llamo Lucrecia y estoy para servirte – dijo la Doña antes de acercarse y darme un abrazo.

Si una casa como esa parecía una rareza en ese pueblo de mala muerte, la señora Lucrecia encajaba menos aún. Era una mujer alta, piel canela, robusta, de cabellos recogidos y teñidos de amarillo, su vestido era color vino tinto con destellos ocre, en su muñeca portaba múltiples pulseras de metal y piedras, un camafeo dorado con el rostro de una figura masculina, más alto que ancho, sujeto a una gruesa cadena, que destacaba en su pecho. Pero lo más extraño era el olor que emanaba esa mujer: era una mezcla de aromas refinados con tabaco rancio.

– ¿Y una niña tan hermosa viene a una boda acá sola? – me preguntó sonriendo antes de darme la espalda. Algo no me gustaba de esa mujer.

Una vez que entramos, luego de pasar al lado de ese par de muchachos, la señora Lucrecia me ofreció el almuerzo. La casa por dentro era incluso mucho más ostentosa de lo que se veía por fuera y estaba amoblada y decorada con un gusto bastante exquisito. Ya estaba adaptándome al ambiente y a la hospitalidad de la Doña cuando apareció la misma mujer que me encontré al llegar. En ese momento noté algo que no vi fuera de la casa, sus brazos estaban llenos de laceraciones y cicatrices. ¿Auto infligidas? No lo sé pero no me gustó nada como me miraba.

– ¡¿Qué quieres Rosa Juliana?! – le gritó Doña Lucrecia de manera desmedida y golpeando con su palma el mueble con tal fuerza, que casi se me derrama la taza de café. La mujer se espantó y corrió hacia el interior de la casa emitiendo unos gruñidos inexplicables.

– ¿Y cuántas habitaciones tiene esta posada señora Lucrecia? – pregunté para olvidarme de aquella mujer.

– En realidad la llamo posada por un tema de facilidad comercial, pero solo alquilo una habitación, en la que te quedarás querida – me respondió antes de darle un sorbo a su taza de café. Me llamó la atención que la última parte de esa respuesta, la haya dado desviándome la mirada y con extraño gesto, como le hubiese molestado la pregunta.

Esperaba terminar mi café para irme a duchar y a vestir cuando noté que los niños que encontré al llegar, miraban asomados por una de las ventanas desde afuera de la casa, y al ver que los descubrí, se escondieron.

Luego de la tertulia trivial, Doña Lucrecia y yo caminamos por un pasillo de la casa. Noté dos puertas a la derecha y dos a la izquierda, un olor extraño flotaba en el aire, la última puerta a la izquierda, era mi habitación. La pieza era espaciosa y tenía una ventana que daba hacia un patio trasero, encima de la ventana, una cruz y a su lado izquierdo varios cuadros con imágenes de arcángeles y un extraño rostro que identifiqué como el que tenía la señora de la casa en su camafeo. La cama era cómoda y el baño estaba impecable. Estaba convencida de que había hecho una buena elección.

Me recosté un rato a descansar y a las 6:00 de la tarde me preparé para la boda. Doña Lucrecia me dijo que le avisara al irme, así que una vez lista, salí y toqué la puerta de la que me dijo era su habitación. Cuando ella abrió, parecía molesta por la interrupción.

– Ya me voy señora Lucrecia, espero que…

– ¡Ya! ¡Disfruta tu fiesta! – dijo sin dejar que terminara de hablar y cerró la puerta de un golpe.

Su reacción seguramente fue porque no pude evitar observar hacia el interior de la habitación y noté que había una insólita cantidad de velas encendidas. Lo que me hizo querer mirar fue el olor nauseabundo que emanaba de allí. Nada consistente con la imagen de la mujer. Me extrañó la reacción y honestamente esa mujer comenzaba a inquietarme. Decidí no darle importancia al asunto, me fui a disfrutar la fiesta convencida de que sería una gran noche, pero nuevamente aquellos engendros hacían algo que me hicieron querer agarrar mis cosas para no tener que regresar a ese lugar: ambos brincaban uno al lado del otro, el primero emitía gruñidos y sus ojos daban vueltas en círculo, el otro solo decía “¡Don Saulo! ¡Don Saulo!…”

Al subir al automóvil y salir, pude ver que la gente que estaba en un abasto al frente de la casa, me miraba fijamente.

– ¿Qué carajo me ven marginales? – dije más por la molestia de las miradas que otra cosa. Una mujer solo movió su brazo y mano de izquierda a derecha en evidente gesto de negación.

Con esa imagen me fui a la boda.

Luego del acto en la iglesia, fuimos a la recepción en un restaurante de Carenero. La verdad es que estuvo buenísima y bebí vino hasta más no poder. Lo malo es que terminó temprano y antes de las 2:00 de la madrugada, ya nos despedíamos y nos marchábamos. Mi idea era descansar hasta las 6:00 am e irme de una vez a Caracas, previa escala en alguna cachapera. Me tardé cerca de 20 minutos en llegar a la posada porque conduje lentamente, el vino comenzó a jugarme una mala pasada, así que debía ser precavida en el manejo mientras me reprochaba haber ido sola al matrimonio.

Llegué pensando en la boda, me pareció sencilla pero acogedora, también pensaba en la cena que estuvo excelente y en que hubiese querido comer más, aparte de eso, ver la luz de la luna reflejada en el mar durante el camino, me cautivó y me hasta me puso melancólica. Me estacione y salí del auto, lo primero que me percaté fue el silencio sepulcral que solo era roto por el lejano y esporádico sonido del mar. No había nada de brisa, ni insectos nocturnos, era como si el tiempo se hubiese detenido frente a esa casa. Caminaba hacia la puerta con la vista puesta en mi propia sombra cuando otra sombra mucho mayor, me tapó por completo por un segundo.

Me agaché y me tapé la cabeza mientras soltaba un grito ahogado. Pensé que algo me iba a caer encima pero no sucedió nada. No tenía dudas: algo se interpuso entre la luna y mi cuerpo tapando su luz. Juraría haber oído un impacto en el techo pero no estaba segura. Apresuré el paso para entrar a la casa y una vez adentro fui recibida por un nauseabundo hedor. Era una mezcla de animal muerto con aguardiente y tabaco. Me quedé paralizada, algo me decía que Lucrecia practicaba brujería o alguna vaina de esas, así que la madrugada sería larga para mí. No estaba en condiciones de irme a Caracas a esa hora.

Caminé hacia la habitación, no había entrado al pasillo cuando pude ver un celaje a mi derecha. Me voltee con los pelos de punta y encendí la linterna de mi celular para iluminar. Todo se veía en calma, no vi nada raro pero el sonido de una respiración corta mezclada con una especie de bufido me hizo caer en cuenta de que se trataba. ¿Qué coño hacían esas criaturas a esa hora despiertas y en la sala? No lo iba a averiguar, aceleré el paso hasta mi habitación, entré y cerré con llave. Maldije haber escogido esa posada, maldije no haberme ido a Caracas, maldije no haberme ido con alguno de los hombres apuestos de la fiesta. Maldecía a todo mil veces cuando tres golpes rápidos y secos sonaron en la puerta. Me hundí en el colchón presa del miedo.

– ¿Quién es? – pregunté acurrucada en la cama.
No hubo respuesta y me hubiese levantado a abrirla si no es porque justo en ese momento, se cortó la electricidad dejando todo en tinieblas. Una nueva andanada de maldiciones salió de mi boca. La única luz en la habitación era la de la luna que entraba por la ventana. No había terminado de asimilar la llamada a la puerta y el corte eléctrico cuando sentí un golpe seco en el techo que hizo vibrar todo. No sé qué fue, pero sea lo que sea, cayó estrepitosamente sobre el techo. Vino a mi mente la sombra que observé al llegar. Comencé a pensar en brujas, en tantos cuentos que he escuchado y de los que me había burlado acusando a sus autores de charlatanes, recordé esos comentarios de que la zona de Barlovento estaba llena de brujería, espiritismo y rituales oscuros. Sentí terror y ganas de irme pero no terminaba de asimilar una cosa cuando de pronto ocurría otra: comenzaron nuevamente a golpear la puerta

– ¡Don Saulo! ¡Don Saulo! – decían unas voces siniestras.

– ¡Fuera! ¡Lárguense engendros del demonio! – grité sin importar que la vieja se levantara.

Lo que vino a continuación me dejó marcada para siempre.

Frente a la ventana, la que irónicamente tenía una cruz encima, apareció alguien del lado de afuera. Parecía un hombre bastante robusto, de gran tamaño y con un sombrero. La ventana estaba cerrada pero podía ver como la luz de la luna dibujaba su silueta en la misma. No podía emitir una sola palabra, sentí una gran presión dentro de mi pecho y en mi garganta. Quise gritar y llorar de espanto cuando vi que esa persona o cosa, atravesó la ventana y ahora estaba adentro, su rostro era totalmente negro hasta que de repente sus ojos se encendieron cual brasas ardientes. En la puerta solo escuchaba golpes y gruñidos, como cuando un perro o un gato arremeten contra una, pero sabía que eran los dos engendros aquellos. Este extraño ser se acercó a mí hasta tomarme por los brazos, el brillo siniestro de sus ojos atravesaban los míos y podía sentir como toda mi vida era succionada por esa entidad. Se acercó lo suficiente como para poder sentir su aliento putrefacto y su mejilla áspera y fría sobre la mía. El cuerpo me dolía, no podía moverme, y sentí ahogarme, hasta que me resigné y dejé de oponer resistencia. Sentí que caía en un vacío sin fin y que se me iba la vida. Estaba segura de que había muerto. Solo sé que repentinamente comencé a sentir mi cuerpo nuevamente y abrí los ojos. Ya era de día.

Todo lucía normal sacando el dolor de cabeza que tenía. Tenía frío porque suelo poner el aire acondicionado al máximo, dormí con el vestido con el que fui a la boda y hasta con las sandalias puestas. Ni que decirlo, me levanté me cambié de ropa rápidamente, metí todo en la maleta como pude y abandoné la habitación. No había nadie ni en el pasillo ni en la sala, y creo que si se me hubiese atravesado alguien, lo habría pateado para apartarlo de mi camino. Abrí la puerta, tiré al piso junto a la puerta las llaves de la casa y me fui a mi automóvil.

Encendí el motor e inicié la marcha cuando vi a los dos pequeños monstruos justo frente a mi auto y uno de ellos viéndome fijamente. Nuevamente uno al lado del otro tal cual como cuando llegué, el de la izquierda los ojos le daban vueltas y babeaba al ritmo de su respiración anormal, el de la derecha reflejaba un odio tremendo y me mostraba sus dientes.

– ¡Suficiente! – aceleré y de verdad no me hubiese importado aplastarlos. Supongo que se apartaron.

El camino de regreso fue tortuoso, no podía olvidar la experiencia de la madrugada. En mi mente rondaban esas llamadas a “Don Saulo”.

¿Una pesadilla? ¿Una alucinación por la ingesta de vino?

Quizás pero había algo que no podía ignorar en ese instante:

Unos dedos marcados en mis brazos y el dolor que me causaban esas huellas.

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