Anécdotas curiosas.

¿Has trabajado en el mundo de las telecomunicaciones?

Si lo has hecho sabes entonces lo que es estar trabajando en una estación de transmisión toda una noche, en medio de un paraje solitario, a la orilla de una carretera oscura o en lo alto de una montaña.

A continuación, cuatro relatos que narran varias experiencias recopiladas durante años, por personal destacado en empresas de telefonía celular.

Normalmente nuestros relatos son situaciones ocurridas durante las madrugadas, pero en esta oportunidad podrán leer algunas sucedidas a pleno día y que merecen estar acá.

Comencemos.

 

El viejo en la silla.

Lugar: El Pilar, Estado Anzoátegui, Venezuela.

Fecha estimada: año 1998

Testigos: personal de operaciones de Telcel Celular.

Esa noche tocaba realizar una expansión a un radio microondas perteneciente a una estación conocida como “Chichicual”. Dicho punto está ubicado cerca de la población de “El Pilar”, en el estado Anzoátegui, Venezuela y llegar hasta el mismo desde la oficina, puede llevar hasta una hora.

Salimos de Puerto la Cruz a eso de las 11 pm ya que el inicio de la actividad estaba pautado a la 1 am. Alrededor de las 11:30 pm comenzamos a subir a la montaña donde se ubica nuestro destino, por una trocha bastante irregular y que exige vehículo 4×4. Esta trocha puede recorrerse en unos 20 minutos en condiciones normales, desde su inicio hasta la estación.

Al comienzo del camino de tierra es normal ver chivos, cerdos y gallinas durante el día puesto que existen varias casas cerca, pero a esas horas de la noche no se observa nada ni nadie. O eso era lo creíamos…

Esa noche iba de copiloto en la camioneta, conversaba amenamente con Manuel, mi compañero de turno esa noche y más allá de la mitad del camino, comenzó a llenarse la vía de niebla, por lo que tuvimos que redoblar las precauciones. Íbamos pendiente de la vía conversando trivialidades cuando al salir de una curva, nos encontramos algo totalmente irreal, algo que simplemente no debía estar allí: en una silla, al costado de la vía, había un anciano sentado viéndonos fijamente.

Manuel siguió manejando normal, ese viejo nos siguió con la mirada sin entrecerrar los ojos y nos saludó con una de sus manos. Estaba en la más absoluta oscuridad y ni siquiera se inmutó cuando Manuel activó las luces altas. Seguimos subiendo y fue tal la sorpresa que nos causó ese hombre en medio de la nada, que no pronunciamos palabra alguna en el momento. Luego de rodar unos metros más, fue cuando se hizo inevitable hablar de lo que acabábamos de ver.

– ¡Pana! ¿Tú viste esa vaina? – me dijo Manuel con un tono de total sorpresa.
– ¡Claro que lo vi! ¿No lo voy a ver? – respondí riendo nerviosamente.
– ¡Y el tipo no se encandiló pana! ¡Qué cagante! – agregó mi compañero con la misma risa nerviosa.

Bueno, subimos, hicimos el trabajo. Terminamos a las 6:00 am y a esa hora bajamos. Esta vez manejaba yo.

Cuando llegamos a la susodicha curva, vimos la silla y nos impresionó ver que estaba sucia de tierra y bastante rota. No parecía haber estado nadie sentado en ella en mucho tiempo. Parecía ser basura tirada al borde de la carretera. Vimos a los alrededores a ver si había alguna casa cercana de donde pudiese haber llegado ese anciano, pero nada, ninguna vivienda en ese punto de la vía. La más cercana estaba como a diez minutos de allí en camioneta.

La silla duró un tiempo más en ese mismo lugar soportando sol y agua hasta que un día simplemente no la vi más. Todo quedó como una anécdota y para algunos, era un invento de nosotros solo para intentar asustar un poco a quienes les tocara subir de noche a Chichicual.

Es una experiencia que siempre recordaré como de las más alucinantes que viví como Ingeniero de Campo.

 

CANTV Porlamar.

Lugar: Sede de CANTV Porlamar, Estado Nueva Esparta, Venezuela.

Fecha estimada: Eventos desde el año 2007 hasta el 2013.

Testigos: personal de operaciones de MV.

Ir a trabajar durante una noche a CANTV Porlamar siempre fue algo intenso. Allí, en el piso donde se ubicaban los equipos de Movistar, era común ser acosado por algún tipo de entidad que al parecer, le molestaba los visitantes. Lo primero es que apenas uno llegaba, podía sentir algo extraño en el ambiente, era esa certeza de que no estabas solo. Para que tengan una idea, se trataba de un enorme salón con varias puertas que llevaban a salas repletas de equipos. El vacío sumado a la poca iluminación, le daba al piso entero un aspecto sombrío.

Recuerdo que la primera vez que entré a CANTV Porlamar, fue a poner en servicio unas interconexiones entre centrales. Mi trabajo consistía en conectar dichos servicios a un enlace microondas. Ese día estaba frente al equipo en el cual realizaba las conexiones cuando súbitamente, sentí que algo o alguien se me venía encima por mi costado derecho. Mi reacción fue voltear y subir el brazo para protegerme, pero para mi sorpresa no había nadie. Eso sucedió varias veces y era tan intenso el asunto que no dejaba lugar a dudas.

Situaciones como esa sucedían a cada rato y al comentarlo con varios de mis compañeros, me confirmaron que sentían lo mismo cada vez que les tocaba trabajar allí, inclusive de día.

Una vez fui a atender una falla de noche y estuve allí hasta la 1 am y esa vez el fenómeno estuvo más activo que nunca. Cada momento sentía una sombra que se me venía encima, ruidos inexplicables, susurros en el ambiente. Yo era la única persona en todo ese piso y aunque entiendo que podría haber una que otra persona de guardia en los demás, debo ser claro en que lo que escuchaba no eran los sonidos habituales originados por causas fácilmente explicables, así como debo ser enfático en que no hay nada que explique las formas humanas que se lanzaban contra mi cada cierto tiempo.

Una verdadera locura.

Eso no pasó una o dos veces, eso sucedía cada vez que se iba al edificio de CANTV Porlamar, al punto de que siempre nos referíamos al asunto como ir a trabajar con “el muerto de CANTV”.

 

Un pasajero inesperado.

Lugar: Zona de Puerto Plata, República Dominicana.

Fecha estimada: Mediados del año 2017.

Testigos: Personal de Drivetest de EKSPRESA.

Me encontraba en Puerto Plata, ciudad al norte de República Dominicana, realizando un drive test para una de las empresas de telefonía celular del país. El recorrido nos llevó a una zona entre Puerto Plata y Sosua y allí tocó adentrarse en zonas bien complicadas de recorrer debido al estado de las vías. Sin embargo, era algo muy común en este trabajo así que se tomaba con calma y con mucha paciencia.

En una parte de la ruta propuesta, el mapa indicaba recorrer un camino bastante tupido de vegetación y con los suficientes pozos de lodo como para temer quedarnos allí pegados. Avanzamos a duras penas puesto que andábamos en una camioneta sin tracción en las cuatro ruedas. Luego de recorrida una buena distancia en la trocha, llegamos a un punto en donde se hacía un claro en la vegetación y nos encontramos un cementerio. Aparte de la sorpresa de encontrar un cementerio allí, sin indicaciones, sin avisos y sin nada alrededor, lo que me llamó la atención es que no era un cementerio común, sino uno judío.

– ¡Un cementerio chino! – me dijo el chofer con el que estaba ese día y entre risas lo corregí.
– ¡No vale! No es un cementerio chino, es un cementerio judío. ¿No ves la estrella de David en las tumbas? – le dije riendo ante semejante ocurrencia.
– ¿Y esas letras no son chinas? – agregó a continuación y lo saqué nuevamente de su error.
– No, son letras hebreas – le dije riéndome aún del asunto.
– Bueno, pero no importa, toma una foto y mándala a mi Whatsapp para relajar con unos amigos míos que no saben nada de esa vaina – me pidió y yo accedí.

Nos detuvimos, bajé mi vidrio y le tomé una foto a la reja en donde se veían los caracteres hebreos y algunas tumbas. Luego de eso, seguimos nuestra ruta.
Al salir de la trocha pusimos rumbo a Sosua, conversábamos amenamente cuando comenzamos a escuchar unos golpes en la parte de atrás de la camioneta. Nos miramos extrañados y me volteé a mirar de que se trataba.

– ¡Detente un minuto! – le dije al chofer.
– ¿Qué fue? – me preguntó.
– La puerta derecha de atrás está abierta.

El chofer se detuvo, me quité el cinturón, me incliné hacia la parte de atrás teniendo cuidado con los equipos de prueba y cerré la puerta.

– ¡Sigamos! – le dije y arrancamos de nuevo.

No llevaríamos unos cien metros de rodaje cuando nuevamente comenzó a escucharse el mismo sonido. Miré al chofer y este me vio a mí.

– ¿Qué fue? ¿Se volvió a abrir? – me preguntó sin poder ocultar su sorpresa.
Repetimos el proceso, se detuvo a la orilla de la carretera, me quité el cinturón y me incliné hacia atrás. Allí observé que la puerta estaba cerrada.
– ¿Y entonces? – dije sorprendido.
Cuando miré hacia la otra puerta, la del lado izquierdo, esta estaba abierta.
– ¿Y qué vaina es pues? – me dijo el chofer completamente sorprendido.

Cerré la puerta y me aseguré de que ambas estuviesen bien cerradas antes de reiniciar la marcha.

¿Cómo es que dos puertas se abren espontáneamente cuando ya llevábamos alrededor de tres horas rodando? Puedo entender que hayamos dejado abierta una, pero ¿las dos? ¿Y porque casi tres horas después de iniciar el recorrido es que comienzan a sonar una primero y otra después?

El chofer remató el extraño evento con la siguiente frase:

– ¡A algún muerto del cementerio no le gustó la foto!

Toc toc

Lugar: Estación Guayacán, Norte del estado Nueva Esparta, Venezuela.

Fecha estimada: año 2009.

Testigos: personal de operaciones de MV.

¿Esa noche?

Bueno, me trasladé con un ingeniero que apenas tenía par de días en la empresa. Recuerdo que antes de salir al sitio, alrededor de las 10 de la noche, le dije al novato “¡Ajá pana! ¡Hoy es tu bautismo de fuego así que a fajarse!” Llegamos a la estación cerca a las 11 pm y nos dispusimos a atender una falla en un enlace contra Cerro Copey.

Guayacán es una estación solitaria ubicada en la carretera que lleva desde Manzanillo hacia Juan Griego. Está ubicada al lado del famoso mirador desde donde puede verse el otrora hotel “Isla Bonita”. Es una zona solitaria de noche y la estación ya no contaba con personal de seguridad, por lo que estar de noche allí era intimidante. Al llegar tuvimos que dejar el vehículo al final de la cuesta. Una vez en el terreno de la estación, cerramos el portón para estar más seguros.

La caseta de equipos es fría por lo que ocasionalmente salíamos a agarrar algo de calor y fue allí que comenzó aquello que todavía hoy en día, considero lo más extremo que me ha tocado vivir en una estación de telecomunicaciones.
Estábamos ambos fuera de la caseta muy cerca de la torre, cuando sentimos que golpearon el portón de metal dos o tres veces. Yo estaba hablando por teléfono con el personal del COR de transmisión y lo primero que hice fue mirar a mi compañero. Él miro hacia la puerta y luego me miró sorprendido. Aplicamos el protocolo en esos casos: nos metimos dentro de la caseta, cerré con la puerta con llave y activé la alarma externa. El paso siguiente fue llamar a seguridad de Movistar para reportar la novedad, pero por algún motivo que desconozco, las llamadas se quedaban mudas.

– ¿No te responden? – preguntó el novato algo nervioso.
– ¡No salen las llamadas! – le respondí igual de angustiado.

Cuando por fin cayó la llamada, le transmití al supervisor de seguridad lo que estaba pasando y a mitad de la conversación se activó la alarma de intrusión del sitio. El supervisor de seguridad escuchó la alarma a través de la llamada y solo me dijo que bajo ningún motivo saliera hasta que él llegara.

De allí en adelante solo vinieron momentos de mucha tensión. Comenzaron a golpear las paredes de la caseta y la puerta, no se podía llamar a nadie porque la estación no procesaba bien las llamadas. No eran golpes buscando romper algo sino toques normales, pero por los cuatro costados. Realmente estábamos aterrados, jurábamos que estábamos asediados por delincuentes que querían asaltarnos y mi mayor preocupación es que dispararan contra la caseta, que al ser de laminas rellenas de un tipo de espuma parecida al poliuretano, difícilmente no sería atravesada por las balas.

En un punto de la madrugada se hizo la calma, intenté múltiples veces de llamar a seguridad o al COR, pero no había forma de que salieran las llamadas y quienes venían a auxiliarnos, estaban tardando más de la cuenta. Esos momentos aislados de todo fueron eternos. Sin poder llamar, sin que llegase nadie, sin poder salir al exterior. Lo único reconfortante es que el enlace de la falla se había normalizado y créanme que en ese momento no me interesaba saber porque había fallado, solo quería salir de allí.

Pasadas las 2 am, comenzó de nuevo la pesadilla. Tocaron tres veces la puerta de la estación. Nos acercamos con cautela y preguntamos quien era pensando que podía ser la gente de seguridad, pero no hubo respuesta.

– ¿Y qué pasó con la alarma? – preguntó mi compañero al ver que alguien se había acercado hasta la puerta y esta no se activó.
– ¡Qué se yo! – le respondí sumamente nervioso.
Luego de eso, comenzaron a tocar las cuatro paredes de la caseta. Creo que fue el momento más aterrador de la noche. No hallábamos que hacer hasta que por fin repicó el teléfono. Era seguridad.

– ¡Hey pana! Estamos afuera. Necesito que abras el portón siempre y cuando esté todo normal.
– ¿Ves a alguien afuera a través de la reja? – pregunté
– ¡No! Estoy encaramado en la reja viendo hacia allá y no hay nadie.
– Porque están golpeando las paredes – agregué.
– ¡No hay nadie allí! Puedes salir pana. Ando con la policía.

Desconecté la alarma, abrí la caseta y corrí hasta el portón. Dos linternas y dos armas de fuego apuntándome fue lo primero que vi al abrirlo.

Los dos funcionarios policiales pasaron uno a cada lado mío, se adentraron en la estación para revisar el terreno.

– ¿Todo bien? – me preguntó el supervisor de seguridad. No respondí.

Al minuto salió mi compañero. Vi que los policías apuntaban sus linternas hacia la torre presumiendo que el o los intrusos pudieron haber subido para esconderse, pero nada, no había nadie allí.

– No hay nadie y las mallas y concertinas están perfectas – dijo uno de los policías.
– Tú mismo escuchaste la alarma – me apresuré a decirle al supervisor a lo que mi compañero asintió, pero él me calmó de inmediato.
– Tranquilo, lo importante es que están bien.

Luego de eso y de que el personal del COR nos reclamase por “no responder sus llamadas”, recogimos todo y nos retiramos a nuestras casas.

El tema quedó como una curiosa anécdota y como semilla de todo tipo de cuentos y burlas hacia mi compañero y hacia mí.

¿Maleantes que huyeron al llegar la policía?

¿Cómo lograron salir tan rápido sin que los funcionarios los viesen?

¿Se lanzaron a la montaña sin ningún tipo de luz?

¿Subieron a pie?

¿Mientras seguridad decía que no había nadie afuera de la caseta quien tocaba?

¡Quién sabe!

De que vuelan, vuelan, dicen por allí…

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