La mujer del Renacer

¿Un sitio que nunca voy a olvidar? El hotel Renacer en la ciudad de Puerto Plata. Un lugar en el que apenas puse pie en el lobby, sentí un helado estremecimiento, algo que no me gustó, pero ni en mis pensamientos más pesimistas imaginé que esa noche llegaría a ser una de las más aterradoras de mi vida.

¿Cómo comenzó? Simple: trabajaba con Samuel ese día y se nos hizo tarde, por ende, decidí que la mejor decisión era dormir en Puerto Plata, así que nos encaminamos a buscar un hotel, y ese fue el que primero encontramos y su fachada nos causó buena impresión. Una vez que cruzamos la puerta y llegamos al lobby, mi impresión cambió y ya no fue buena, algo no estaba bien y por momentos pensé en dar marcha atrás. Todo parecía colocado de manera que causara conmoción y frío en el estómago, en especial varios cuadros que lucían sumamente desagradables, inauditos, percibí algo oscuro, perverso y siniestro en ellos. Adicionalmente destacaba una pequeña colección de objetos antiguos donde resaltaba una vitrola en perfectas condiciones, una máquina de coser -de quien sabe qué año- y una variedad de plantas en pintorescas macetas multicolor. Una entrada llevaba a un ambiente oscuro que por lo que se observaba a simple vista era el bar del hotel; un espacio amplio en el cual la única luz visible -que le daba un aspecto fantasmal al lugar-, era la que emanaba de un laptop usado para el ambiente musical. A un costado y detrás de la barra estaba un hombre que llevaba la recepción de los huéspedes. Al levantarse noté que era un hombre mayor y tenía una pierna rota, el pobre se levantó a duras penas usando unas muletas tan destartaladas como la ropa que tenía puesta.

Mientras nos asignaban la habitación no pude dejar de ver las pinturas: la más grande de ellas era un majestuoso óleo, en él se veía a una mujer que caminaba desde un oscuro y angosto pasillo. La mirada la mujer transmitía desesperación, dolor, sufrimiento. Vestía un traje ajustado al cuerpo y su cabellera lucía desordenada. La fémina se sostenía el vientre, pero lo más perturbador era el enorme perro con el hocico ensangrentado, que le mordía un tobillo, en un costado y fuera del pasillo, se veía la sombra de un hombre que parecía blandir un enorme cuchillo. ¿A quién podría gustarle semejante imagen y mucho menos ponerla en el lobby de un hotel? me preguntaba, sin imaginar una respuesta convincente.

Pero el cuadro con todo y lo grotesco que se veía, no me impresionó tanto como una mujer tallada en madera que estaba en medio de los dos sofás del lobby. Me dio la impresión que era la mujer del cuadro. Sus ojos eran grandes, muy juntos y llevaba el cabello recogido en una coleta a un lado del cuello. A pesar de que la escultura no tenía nada particular ni de otro mundo, no me agradó en lo absoluto. Podía sentir que su mirada era muy viva y me seguía.

Una vez que nos dieron la llave nos dirigimos a la habitación que nos asignaron, ubicada en la última planta. Las escaleras regalaban una vista aérea del lobby donde resaltaba lo sombrío del espacio. Cuando llegamos al último piso nos encontramos con que las escaleras morían en un oscuro y largo pasillo. Las luces estaban apagadas y se encendían a medida que caminábamos a lo largo de este. Entramos a nuestra habitación y quedamos decepcionados. La misma tenía las paredes pintadas de azul oscuro, la luz era blanca, algo débil para el espacio y daba muy mal aspecto al aposento. Una cama matrimonial y una litera de metal era todo lo que había aparte de un viejo abanico en la pared.

  • ¡Esta vaina es bien fea mi pana! –me dijo Samuel antes de tomar posesión de la cama superior de la litera.

Yo me instalé en la cama matrimonial y comencé a trabajar en el envío de los correspondientes informes de trabajo.

  • Me ducho y vamos al supermercado – comentó Samuel e inmediatamente tomó las dos toallas de la cama de debajo de la litera, me lanzó una a mi y entró al baño mientras yo continuaba los informes.

Mi compañero se duchaba cuando un extraño sonido en la puerta de la habitación captó mi atención. Un soplido solapado sobre unos leves golpes justo en la parte inferior de la misma. Me levanté y miré hacia a la puerta, presté atención a la hendidura que la separa del piso y no había luz. Iba a sentarme de nuevo cuando un gruñido extraño se escuchó en la parte de afuera. Me levanté y fui hasta la entrada de la habitación y abrí la puerta para ver que se trataba, pero no había nadie, de hecho, las luces seguían apagadas. De haber estado alguien allí hubiese estado alguna encendida al activarse los sensores. Me asomé y miré hacia ambos lados y definitivamente no había nadie. Cerré y me fui a seguir con los informes, pero sería interrumpido nuevamente.

  • ¿Luis? – me llamó Samuel desde el baño.
  • ¡Dime! – le dije lamentando la nueva interrupción.

Entreabrió la puerta y asomó la cabeza.

  • Pana, pásame una toalla por favor.
  • ¿No me tiraste una y te llevaste una? – pregunté buscando la mía para entregársela, pero me llevé una sorpresa: ambas toallas estaban dobladas y colocadas encima de la cama inferior de la litera. En el mismo lugar que vi a Samuel tomarlas. Simplemente no entendí.
  • ¿Verdad que yo me traje una toalla y te di una? – me dijo sorprendido.

Caminé hasta la litera, tomé una de las toallas y se la di. Estaba demasiado seguro que Samuel me había dado una y llevado la otra con él.

Al final no le dimos importancia al asunto y nos convencimos que fue una confusión.

Salimos de la habitación y caminamos hacia la escalera cuando de pronto sentimos algo que venía hacia nosotros desde el fondo del pasillo. De manera automática ambos nos volteamos y ante nuestra sorpresa no había nada.

  • ¡Marico! ¿No sentiste como algo que venía hacia nosotros? – preguntó Samuel con cierto nerviosismo.
  • ¡De pana! Pensé que era un perro. ¡Qué se yo! – respondí sin darle mayor importancia al asunto.
  • ¡Zape gato! – me dijo y bajamos rápido no sin antes volver a enfrentarme con aquella pintura y la siniestra muñeca de madera.

Nos fuimos al supermercado, decidimos comer allá y quedarnos un rato conversando, fue inevitable tocar el tema de las toallas. ¿Qué pasó ahí? ¡Estábamos muy seguros de que esas toallas no debían estar donde estaban sino una en el baño y otra en mi cama! Cerca de las 10:00 de la noche, regresamos al hotel. Samuel fue el primero en acostarse, yo me quedé viendo algunas cosas por la internet y casi a las 11:00 de la noche, apagué el laptop, ajusté un poco la temperatura del aire acondicionado y me acosté a dormir.

Lo primero que recuerdo al despertar fue un ruido en la litera. Vi que Samuel bajaba y creí que iba hacia el baño, pero al final lo vi tanteando algo en la pared.

  • ¿Qué pasó? – pregunté extrañado.
  • ¡Coño pana! ¿Con ese frío para que prendes el abanico? – dijo con manifiesta incomodidad.
  • ¿Cómo? – pregunté sorprendido.
  • Yo no prendí esa vaina mi pana – agregué.
  • ¡Se prendería solo entonces! – me dijo antes de subir nuevamente a la litera. Me giré a un lado y me dormí de nuevo, no sé cuánto tiempo pasó pero fui despertado por una mano en mi pierna.

Mi movimiento fue violento y de puro reflejo.

  • ¿Qué? – dije mientras recogía la pierna.

Un hombre estaba parado a mi lado. No me llevó mucho reconocer a Samuel.

  • ¿Qué tienes? – le pregunté creyendo que era que se sentía mal de salud o algo así (ya una vez me tocó llevarlo a una emergencia médica por una crisis hipertensiva).

Samuel no respondió solo se sentó de repente en la punta de mi cama. Sin dudas algo no iba bien, pero seguí creyendo que se trataba de su salud así que tomé mi celular y encendí la linterna sin apuntar su rostro.

  • ¡Qué vaina tan rara pana! – me susurró.
  • ¿Qué es lo raro? – respondí.
  • Soñaba que un perro más feo que el coño me mordía los pies. Sentí un dolor bien rudo y me desperté con eso – relató con voz temblorosa. No supe que responder a eso y honestamente no le vi sentido.

Pero el asunto era un poco más complicado que un mal sueño.

  • Lo jodido es que cuando me desperté y me puse boca arriba para pasar el susto. Sentí que había un perro arañando la puerta y gruñendo – agregó intentando sonreír después.
  • ¿Un perro? ¿Tú eres huevón? – le dije riéndome, pero a mi mente vino lo que escuché mientras él se duchaba.

Samuel se sonrió como asumiendo que había dicho un disparate. Aún así y ante la sorpresa de él, me levanté, encendí la luz y abrí la puerta. Miré hacia a la izquierda y todo era negro. Hacia la derecha se podía ver el reflejo de la luz del lobby, pero un celaje en la escalera me puso en alerta. Era algo escurridizo y difuso que parecía moverse de un lado al otro del acceso a la escalera. Intentaba enfocar la vista cuando las luces comenzaron a encenderse desde la escalera en dirección hacia donde yo estaba. Mi reacción fue cerrar violentamente la puerta ante la sorpresa de Samuel.

  • ¿Qué pasó chamo? ¿Qué coño viste? – me preguntó con una mirada que reflejaba miedo.
  • Nada mi pana. Solo que se encendieron las luces de repente – le respondí sentándome en la cama algo confuso.
  • ¡No marico! ¡Vámonos de esta mierda! – me dijo levantándose totalmente decidido.
  • ¿Y para dónde nos vamos? ¡No vale! Cerrar esa puerta bien y no salir hasta que amanezca – repliqué sin dejar dudas. Prefería lidiar con eso que con la calle a esa hora.
  • ¡No pana! Las toallas, el abanico, el animal en la puerta ¿y ahora las luces que se prenden solas? ¡Por mi me fuese ya!
  • No es sensato – contesté tajantemente.

Luego de discutir durante unos minutos, apagué la luz de la habitación he intentamos dormir. Cada quien tomó su teléfono celular y estuvimos un breve espacio de tiempo enfocados en ellos hasta que por lo menos yo, me quedé dormido. Solo esperaba despertar y que ya fuese de día.

Pues no fue así…

Era una sensación extraña, abrí los ojos y sentí que alguien me miraba. Levanté la cabeza y me pareció ver a Samuel en su cama. Observé hacia la entrada del baño y juraría haber visto una sombra que se movió rápidamente hacia la puerta de la habitación. Mi vista quedo fija en la puerta y noté por la rendija que la separa del piso, que las luces del pasillo se encendieron. Sentí un frío en el estómago cuando vi la sombra de unos pies del otro lado de la puerta. Me armé de valor y me levanté sin hacer ruido. Iba a avisarle a Samuel, pero a última hora cambié de opinión. Caminé hasta la puerta y acerqué a ella mi oreja. Lo que escuchaba me pareció un susurro lastimoso, a un llanto muy lejano, una súplica escalofriante que llegaba al alma.

Salté un metro atrás cuando escuché que la puerta se estremeció como si algo o alguien la golpeara en la parte de abajo.

  • ¿Samuel? ¿Samuel? – dije, pero no me escuchó. No se despertaba.

Tomé la decisión de confrontar a quien estuviese allí así que me acerqué y abrí la puerta. No había nadie, pero pude ver en el piso unas huellas rojizas y todas ellas estaban unidas por un hilo rojo rodeado de múltiples puntos parecidos a gotas. No había dudas, era sangre.

No sé de dónde saqué valor, pero comencé a seguir esas huellas. A medida que caminaba mi corazón se aceleraba y me preguntaba si no era una estupidez lo que estaba haciendo. La sangre lucía fresca y por la cantidad, alguien estaba seriamente herido. Sentí un movimiento delante de mí y al mirar quedé paralizado del miedo: una mujer vestida con una bata amarilla, ojos grandes de mirada perdida y cabello revuelto me miraba fijamente.

Me quedé entumecido ante la mirada fría e inerte de esa mujer. Estaba parada encima de un charco de sangre. Sus pies estaban heridos en la zona de los tobillos. No sabía que hacer o decir.

  • ¿Puedo ayudarla? – fue lo único que atiné a decir.

La mujer comenzó a emitir alaridos, sus ojos se transformaron en brasas y su piel se tornó oscura. De su boca comenzó a brotar una masa viviente negra y fétida que parecía venir hacia mí. No había asimilado la horrible visión cuando sentí pasos detrás de mí y al girarme, un enorme perro infernal se me abalanzó encima.

Me tapé como pude, pero la fiera no sé cómo pasó por entre mi cuerpo y al voltearme de nuevo, pude ver como desgarraba la piel de las piernas de la mujer con tal ensañamiento y furia que terminé salpicado de sangre. Luego escuché la voz de un hombre que gritaba insultos, más golpes, más sangre sobré mí. Lo último que vi fue a esa pobre mujer completamente ensangrentada sobre el piso.

Entré en pánico y corrí despavorido llamando a Samuel. Al llegar a la puerta de la habitación entré y cerré la puerta con tal violencia que el ruido debe haberse oído en todo el hotel. Samuel voceaba cosas, pero no le entendía. Yo solo le decía que agarrara nuestras cosas y saliéramos de ese maldito edificio.

  • ¡Pero pana! ¡De vaina me matas del susto! ¡Dime al menos lo que pasó! – me gritó mientras me agitaba por los hombros. Solo atiné a señalar la puerta de la habitación.
  • ¿Qué pasó chamo? ¡Casi me matas del susto! – insistió.
  • ¡Afuera pana! – le dije con voz temblorosa.

Samuel abrió la puerta, las luces aún estaban encendidas miró hacia los lados y la cerró.

  • ¿Qué viste allí? ¡No veo nada! – dijo sin entender nada aún.
  • ¿No viste la sangre en el piso? – agregué recibiendo como respuesta una mirada incrédula.

Él abrió la puerta de nuevo para mirar. Ya las luces se habían apagado así que salió para forzar su encendido. Miró hacia el piso y entró.

  • No hay nada pana. Como que tuviste una gran pesadilla – me susurró mientras cerraba la puerta.

Nos sentamos en la cama y me disponía a contarle cuando vimos por debajo de la puerta que la luz el pasillo se encendió. Nos miramos a la cara y tragamos grueso cuando tocaron nuestra puerta.

  • ¿Quién es? – gritó Samuel.
  • ¡Es de abajo! De la recepción. ¿Qué fue ese ruido? ¡Son casi las cuatro de la mañana para estar tirando puertas?

Confieso que me provocó levantarme, abrir la puerta y pegarle en la cabeza al viejo con sus propias muletas.

  • ¡Vete a dormir viejo! ¡No pasa nada! – le dijo Samuel. Supongo el hombre no tenía ganas de polemizar porque no se escuchó más nada.

O quizás estaba acostumbrado a situaciones como esa…

Le conté todo a Samuel y me dijo que seguramente fue una pesadilla consecuencia de la psicosis por los eventos anteriores, pero estoy seguro que ni él se creía eso. Fueron varios eventos uno tras otro y, de hecho, él quiso irse y yo lo frené. Al final nos quedamos despiertos hasta que amaneció no sin antes sufrir dos sustos más con las luces del pasillo y los gruñidos, pero no nos movimos de nuestras camas hasta que salió el sol.

Cuando bajamos a entregar la llave el viejo nos ofreció café -que no aceptamos – y nos pidió que esperáramos a la secretaria para la correspondiente factura fiscal. Nos sentamos en total tensión y la verdad es que no podía de dejar de ver la imagen de la mujer que se erigía entre los muebles. Su mirada penetrante y siniestra parecía seguirte mientras te movías, pero sin duda lo peor fue cuando me percaté que parte de lo que vi esa madrugada, estaba reflejado en el cuadro del lobby. La mujer, el perro mordiendo sus tobillos, el pasillo eran fiel reflejo de lo que viví.

Samuel no se contuvo…

  • ¡Mi don! ¿Qué tiene que ver ese cuadro y esa escultura con el hotel? – preguntó con tono de quien solo busca un tema de conversación.

El hombre le miró con cierto desdén y siguió removiendo su café.

  • ¡No lo sé! Muy pocos se fijan en eso – respondió con indiferencia, pero algo me decía que sabía más del tema.

En unos minutos llegó la recepcionista y procedió a imprimir la correspondiente factura fiscal pero mi mente no olvidaba lo vivido en la noche y me vi tentado a preguntarle a ella, pero nuevamente Samuel llevó la iniciativa.

  • ¡Señorita! – dijo con más galantería que otra cosa.
  • ¿Señor? – respondió ella mientras lidiaba con la impresora.
  • Solo por curiosidad. ¿Ese cuadro y esa escultura que representan?

La mujer sonrió dejando en evidencia que no era la primera vez que le hacían esa pregunta.

  • Según es la madrastra del dueño del hotel – respondió tímidamente.
  • ¿Ah sí? ¿Y ella vive? – pregunté de inmediato dejando a Samuel con la palabra en la boca.

El rostro de la mujer se transformó. La sonrisa desapareció y en su lugar quedó un semblante serio y hasta de incomodidad. Samuel y yo solo le miramos esperando su respuesta. La chica se aseguró que el viejo no estaba a la vista.

  • ¿La vieron verdad? – nos preguntó casi que susurrando.
  • ¿Perdón? – respondió Samuel.

La mujer me entregó la factura, miró a su alrededor nuevamente y continuó hablando.

  • ¡Dicen que su esposo la encerró arriba por montarle cuernos y murió tratando de escapar! – agregó con cierta angustia.
  • ¿Escapar? – pregunté.
  • ¡Si! Eso fue antes de que esto fuese un hotel. El padre del dueño la encerró y dejó a un perro enorme vigilando la puerta. Un día ella trató de escapar y el perro la alcanzó y le destrozó los pies, luego él llegó y la mató a machetazos.

Solo diré que la cara de Samuel era un poema de horror y no dudo de que la mía estaba igual.

  • ¡Marico! – fue lo único que dije mirando a un Samuel horrorizado.
  • Y si ese cuento es así, ¿porqué la escultura y el cuadro? No entiendo – le preguntó Samuel.
  • La escultura es de mucho antes de la desgracia, la mandó a realizar como un regalo de él para su mujer, y el cuadro lo pintó un antiguo huésped que dice haber soñado con esa imagen repetidas veces y sintió que debía traerla para acá, así que ya tú sabes… – respondió ella.
  • ¿Y el asesino? – pregunté esperando oír que estaba o estuvo preso por tan horrendo crimen.
  • Dicen que se suicido a los días. Luego el hijo, mi jefe, regresó a acá, remodeló el sitio y lo convirtió en hotel.
  • ¿Y se supo lo que pasó?
  • ¡No lo sé! Ni siquiera sé si esto realmente es verdad. ¡Imagínate! Una mujer encerrada, desgarrada por un perro, un marido asesino que la mata a machetazos, un huésped que trae un cuadro con esa imagen y dice que sintió que debía hacerlo para que se esclareciera el asunto. Un hijo que no habla del tema, pero accede a poner eso en el lobby. Te diría que todo es un truco para atraer gente, pero es ilógico puesto que solo quien ha visto a la mujer sabe que no es un cuento. – dijo con una sonrisa de fastidio ya evidenciando que no era la primera vez que contaba esa historia y dándonos la espalda.
  • ¿Tú la has visto? – le pregunté por la calle del medio. Ella se volteó, hizo silencio unos segundos y respondió.
  • ¿Porqué crees que no trabajo de noche?

Samuel y yo nos fuimos consternados de ese hotel y en algo si no teníamos duda: jamás volveríamos al Hotel Renacer.

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